martes, 28 de diciembre de 2010

Intersemestre

Hace como un mes terminó el semestre en Ingeniería. Ahora y no de milagro, porque si me costó muchísimo trabajo, estoy por inscribirme al segundo semestre. El curso estuvo marcado a 16 semanas y realmente se entiende por qué. Cuatro meses de estudio por dos de descanso me parecen justos, y es que es una friega. Si totalmente. Tareas, series de ejercicios, prácticas, exámenes… Igual y al principio todo era color de rosa; un poco pesado, claro, porque en la preparatoria todo es más fácil comparado con la universidad —por eso ha de ser—,  pero conforme pasaba el tiempo el estrés aumentaba junto con las tareas y exámenes. ¡Benditas esas semanas dónde tocaban dos parciales en un sólo día o tres exámenes en una semana! Y al final….ya cuando es el último día de clases, ni siquiera sabes cómo es que saliste vivo y la libraste. Sí, eso fue lo que me pasó el primer semestre; además pagué el precio de adquirir y desechar conocimientos que seguro me hubieran ayudado en este nivel, porque eso sí, en prepa cuántas veces dije “¿Y esto para qué me va a servir?” Bien, pues ahora sé para que me pudieron ser útiles todos esos conocimientos, pero pues nadie sabe lo que depara el futuro ¿verdad?

Aún quedan muchos días de vacaciones. He comenzado a estudiar por mi cuenta algunos temas de las materias más difíciles (relativamente) del segundo semestre. Lo hago porque no quiero que me agarre de bajada y luego tener que redoblar esfuerzos para recuperarme. Trataré de no atrasarme y subir mi promedio. En general, espero no cometer esos errores tontos del semestre pasado, sobre todo ese de temerle a los exámenes. Sin embargo, todavía no es año nuevo para establecer propósitos... lo bueno es que tres días pasan volando.


Aprovechando el título para el cual me preparo, encontré esta frase que dice:

Un ingeniero no es una copia, es original y se atreve a cambiar una realidad, no importa el tiempo o el espacio, todo es posible mientras crea que es así.

Sabelotodo

domingo, 26 de diciembre de 2010

Negro sobre blanco

Odio quedarme en blanco siempre que voy a escribir. Hasta diez minutos antes de proponérmelo tengo un montón de ideas, pero que se van justo cuando voy a redactarlas. Es una frustración terrible tratar de hilvanar esas ideas que quién sabe a donde se van. Aunque no es tan malo; me descuido cinco minutos buscando una canción, leyendo cualquier cosa en la internet, respondiendo a alguien en el chat y ¡venga! qué todo en mi cabeza se vuelve a acomodar —aparentemente.

Entonces… una palabra… dos… tres, cuatro, cinco, seis y siete palabras que se convierten ahora en una linda frase para comenzar una nueva entrada para el blog, para el inicio de un cuento, de una reflexión o para lo que sea. No importa. De repente, el buen trabajo que iban haciendo todas esas letras, pegaditas y agarradas de la mano es interrumpido por una cuenta cruelmente regresiva. Se esfuman lentamente una a una todas esas palabras del comienzo. De cinco quedan cuatro y de cuatro tres y… y ahora la hoja ha quedado en blanco. Sin nada (como nueva). Luego otra vez el proceso se repite. Vuelvo a tener ideas; escribo tres líneas y borro dos o a veces las tres. Así es como cuento una historia, poco a poco. Literalmente porque pasan horas para que pueda redactar un simple párrafo. No sé cómo no me aburro. Hoy por ejemplo, venía a hablar de la navidad, pero creo que me he desviado un poco.

Como dijo Stéphane Mallarmé: escribir es poner negro sobre blanco.
Lengua fuera

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Otra vez de nuevo

Mas o menos por estos días del año pasado comencé a escribir en Calcomanías. Tres, cuatro, cinco o seis horas me sentaba delante de la pantalla y con las manos pegadas al teclado de la computadora para redactar un párrafo de apenas 10 líneas. De acuerdo, no eran tantas horas, pero si era un terrible sufrimiento por querer expresar lo que deseaba en ese momento y las palabras no me parecían suficientes para hacerlo. Y no es que no las hubiera, simplemente me costaba muchísimo trabajo redactar exactamente lo que quería.

Como en la preparatoria no tenía demasiadas presiones y la tarea no era nada comparada con la de la universidad, tenía tiempo suficiente para publicar una entrada cada tercer día, aunque de un momento a otro dejé de hacerlo. Probablemente fue porque en las vacaciones antes de entrar a la Facultad la mayor parte de esos días me la pasaba leyendo y cuando terminaron, comenzó el primer semestre en Ingeniería, el cual no me dejó más que tiempo para jugar futbol los sábados, y eso a veces, porque en tres ocasiones tuve que sacrificar el juego por estudiar para los parciales de la carrera. Pero bueno, otra vez escribo en otro blog (este blog), el cual espero actualizar muy seguido y en el cual quiero hacer que escribir para mí sea tan fácil, tan fácil, como respirar.


¡Hey Camilo! que para escribir sólo hay que tener algo que decir.

Sonrisa