domingo, 26 de diciembre de 2010

Negro sobre blanco

Odio quedarme en blanco siempre que voy a escribir. Hasta diez minutos antes de proponérmelo tengo un montón de ideas, pero que se van justo cuando voy a redactarlas. Es una frustración terrible tratar de hilvanar esas ideas que quién sabe a donde se van. Aunque no es tan malo; me descuido cinco minutos buscando una canción, leyendo cualquier cosa en la internet, respondiendo a alguien en el chat y ¡venga! qué todo en mi cabeza se vuelve a acomodar —aparentemente.

Entonces… una palabra… dos… tres, cuatro, cinco, seis y siete palabras que se convierten ahora en una linda frase para comenzar una nueva entrada para el blog, para el inicio de un cuento, de una reflexión o para lo que sea. No importa. De repente, el buen trabajo que iban haciendo todas esas letras, pegaditas y agarradas de la mano es interrumpido por una cuenta cruelmente regresiva. Se esfuman lentamente una a una todas esas palabras del comienzo. De cinco quedan cuatro y de cuatro tres y… y ahora la hoja ha quedado en blanco. Sin nada (como nueva). Luego otra vez el proceso se repite. Vuelvo a tener ideas; escribo tres líneas y borro dos o a veces las tres. Así es como cuento una historia, poco a poco. Literalmente porque pasan horas para que pueda redactar un simple párrafo. No sé cómo no me aburro. Hoy por ejemplo, venía a hablar de la navidad, pero creo que me he desviado un poco.

Como dijo Stéphane Mallarmé: escribir es poner negro sobre blanco.
Lengua fuera

No hay comentarios:

Publicar un comentario